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jueves, 1 de enero de 2015

RESUMEN Y ANÁLISIS DE BARTLEBY EL ESCRIBIENTE



 


Por Carlos Valdés Martín



El largo cuento Bartleby el escribiente es una narración singular y contrastante desde varios ángulos. Ofrece un cuento intimista sobre la inacción, cuando el autor fue celebrado por relatos de acción en Moby Dick y otros. Frente al realismo de su estilo, juega a una retórica que bordea la psicología enfermiza y una trama increíble. Ambientado en su presente, en el calendario del autor, y su ambiente local, Nueva York con claridad, prefigura los relatos atemporales, según se explica adelante. El texto es doblemente interesante por las interpretaciones y elogios prodigados por autores e intelectuales posteriores[1], en cambio sus contemporáneos no descubrieron esa breve joya literaria. Ese efecto, saltando de la indiferencia al elogio, no resulta inusual en la historia de la literatura con su veleidoso tránsito desde el cieno al cielo y viceversa, porque este cuento exige relecturas para apreciar sus cualidades.
Este texto llama la atención por algunas afinidades con el futuro, desde su título Bartleby the Scrivener: A Story of Wall Street hasta el ambiente completo que se aproximaría al gusto literario del siglo XX y no el de su fecha de factura en 1853. Esta extremada apariencia de anticipación contrasta con ingredientes de costumbrismo urbano en el relato: una profesión de “escribiente” que está acotada a una situación definida, en un ambiente laboral y urbano bastante preciso. Junto a ese costumbrismo resuenan ecos de largo alcance, en especial Wall Street era una calle comercial emblemática de Nueva York, la joven urbe; luego convertida en el corazón de la Bolsa de Valores y hasta el símbolo del capitalismo financiero mundial. Esa Wall Street es distinta a la que resuena hasta nuestros oídos pasando por la Gran Depresión y los escándalos financieros repetidos, hasta convertirse en una consigna de protesta para “ocuparla” ya que designa al poder extremo. 

El personaje Bartleby
La caracterización ofrece una dificultad especial, por cuanto el texto ofrece un relato acerca de alguien de quien no se sabe suficiente y además no hay nada relevante que haga. El abogado narrador conoce al escribiente por una oferta laboral y lo acepta sin inquirir nada importante; luego no hace referencias sobre su origen y antecedentes. Luego dibuja a un escribiente sin trayectoria ni ambiciones, rejego a los alimentos, impermeable a las pasiones y las diversiones, sin amor ni nostalgias, mirando fijamente tras la ventana, sin salir a la calle, ni pretender obtener ventajas, sin proyectos ni rencores, sin familia ni amistades… es la sucesión de negaciones sobre su ser, un antihéroe angelical. Al comienzo es un empleado ejemplar, demasiado trabajador aunque silencioso y con un aire de tristeza perpetua, reservado y nada conflictivo hasta que se desata el mecanismo del conflicto en la narración y su conversión en un protagonista de inacción[2].
¿Espejo invertido? Sin duda sirve para un reflejo enorme[3]. El escribiente Bartleby nos representa la inacción e impotencia al límite (la virgen pero de género masculino), que contrasta con los discursos de éxito de América y el productivismo del capital trasnacional; en ese sentido, el delgado y terco escribiente indica la marginación extrema: una posibilidad humana que irrumpe en contra del curso modernizador hacia la riqueza y el éxito. De manera paradójica, la falta de raíces, silencios, inactividad e inadaptación confieren a Bartleby rasgos angelicales y originarios, dibujando una fuerza primaria del ser humano, cuya sola presencia causa turbación para quien es capaz de ver. Pero no todos son capaces de sostener la vista hasta el fondo de esa oscuridad, prefieren especular para agregarle motivaciones y rasgos adicionales para obtener un personaje más manejable[4].
La trama
Antes de seguir ahondando en sus resultados y evocaciones es momento de resumir su argumento.  El narrador es un abogado prudente y metódico, quien nunca revela su nombre, poseedor de un despacho legal que requiere el auxilio de cuatro escribientes y copistas. Su negocio lo describe como un modelo de operaciones rutinarias y para el dueño narrador no parecieran existir retos ni problemas para cumplir con su actividad. La personalidad discreta y paternal de este narrador merece el desconcierto, pues su comportamiento resulta bastante errático; incluso es un par muy adecuado para el enloquecedor Bartleby. De modo elogioso, Deleuze lo trata como el profeta que es el único capaz de entrever el rasgo originario (virginal, casi celestial) del escribiente, al mismo tiempo, que es un traidor con culpa por su incapacidad de superar el reto recibido[5].
La ubicación y disposición espacial del despacho es importante dentro del relato pues ofrece características de una “arquitectura moral o emocional”, ya que el espacio sirve bien para determinar la trama y dinámica de los personajes. De sus tres primeros asistentes hace descripciones detalladas y jocosas que en la trama sirven como auxiliares, sin intervención protagónica. Para ellos emplea apodos acordes a sus rasgos: Turkey (Pavo) es gordo, arrebatado y voluble; Nippers (Chico o Pinzas) es delgado, fogoso y nervioso; Ginger Nut (Galleta de Jengibre y también Pelirrojo Duro en juego de palabras) es menor y servicial. La descripción de los asistentes prepara la irrupción del protagónico Bartleby, quien acude a buscar empleo y obtenemos la primera descripción del chico nuevo: “Reveo esa figura: ¡pálidamente pulcra, lamentablemente decente, incurablemente desolada!”[6] Desde aquí surge diáfano que el perfil del personaje es más espiritual que material, mostrando los rasgos de este nuevo protagonista, aceptado en el puesto porque es capaz de copiar con dedicación y por su apariencia mesurada, el patrón  supone será un elemento moderado frente a los arrebatos de sus empleados antiguos. El inicio del empleado es sorprendentemente bueno, pues Bartleby se dedica a copiar con vehemencia y dedicación, en superlativo: “Trabajaba día y noche, copiando, a la luz del día y a la luz de las velas. Yo, encantado con su aplicación, me hubiera encantado aún más si él hubiera sido un trabajador alegre. Pero escribía silenciosa, pálida, mecánicamente.”[7] Esa armonía con el nuevo empleado termina pronto, en cuanto se le exige cumpla con cotejar en equipo lo copiado. En ese instante surge el argumento que repetirá sin desmayo: “—Preferiría no hacerlo”, en inglés original “I would prefer not to”. Esa frase elegante y enigmática ha permanecido para la posteridad, en calidad de un sello distintivo de este relato y motivo de análisis concienzudos para revelar su confección singular[8].
A partir de ese momento surge una delicada y creciente confrontación entre el dueño y Bartleby, quien rechaza cumplir cualquier tarea adicional a sus copias manuscritas y, adelante en el relato, además deja de hacerlo. El conflicto avanza con suavidad aunque en escalada, hasta desembocar en una serie de choques. El dueño desde el principio manifiesta un carácter considerado, sin arrebatos ni agresividad; el escribiente muestra delicadeza y un retraimiento que invita a sentir compasión. El mismo dueño narrador siempre se debate entre la simpatía y compasión por su empleado y la desesperación de quien le desobedece y decide habitar dentro de la oficina laboral. Al principio, el esfuerzo del dueño narrador es para lograr que Bartleby le haga caso y cumpla con sus tareas; luego, transita desde ese esfuerzo hacia el deseo por deshacerse del molesto empleado pero en el transcurso ambos resultan extraños en su comportamiento e inacción. Por momentos, las escenas merecen señalarse cómicas, aunque de un humor extravagante y discreto.

Puesto que Bartleby habita permanentemente en la oficina y el patrón es incapaz de echarlo, entonces opta por mudarse él a otro despacho.  Pronto el abogado recibe reclamos del propietario del edificio porque el empleado permanece en la negociado vacía, donde él rechaza cualquier responsabilidad. Por la fuerza sacan al escribiente de la oficina, pero después resulta que insiste en permanecer en el edificio, importunando al instalarse en pasillos o escaleras. El asunto termina mal para Bartleby pues la manera expedita para sacarlo del edificio conlleva acusarlo de vagabundo y lo encarcelan, ante lo cual accede dócilmente.   
Enterado del encierro del terco Bartleby, el abogado se apresura a visitarlo y procura comportarse cual benefactor, dejando unas monedas al encargado de alimentar a los presos. El recluso no se queja, pero muestra su distancia, además que es evidente que no va a alimentarse. En una siguiente visita el narrador encuentra al escribiente sentado y con la mirada perdida, al acercarse descubre que está muerto y pronuncia una frase críptica de consuelo sobre dormir “Con reyes y consejeros”[9]. El narrador indica que no describirá el pobre funeral, pero sigue reflexionando sobre el misterio de la existencia previa del escribiente; informa que había un rumor de que Bartleby antes era amanuense de la oficina de Cartas Muertas de Washington, sitio donde seleccionaban las destinadas a destruirse por falta de destinatario y luego las quemaban por carros. Esa revisión de cartas sin destino, el narrador la imagina dramática, en consonancia con las vidas frustradas y el relato finaliza con un doble lamento “¡Oh Bartleby! ¡Oh humanidad!”[10]

La subordinación del empleado y el engranaje de situaciones realistas
La situación entre patrones y empleados es importante dato social presente en diferente tipo de literatura realista y de costumbres. De modo explícito, la voz del narrador pertenece al patrón; lo cual no implica que todo el relato sea de su propiedad; curiosamente el título y tensión narrativa acontece en el polo del empleado, que no definitivamente un trabajador. Se lamentaba un autor de tendencia marxista que su tiempo no elaboraba una verdadera literatura desde el punto de vista de los trabajadores[11]; y este relato tampoco satisface esa presunción pues se desliza hacia un polo más desconcertante. Mientas los efectos capitalistas de la revolución industrial se expandían por el globo y las grandes naciones comenzaban a rugir bajo el ritmo acelerado de esa modernidad, los efectos literarios resultan desconcertantes; pues la pluma es capaz de contrariar a la tendencia predominante. Bajo el capitalismo se descubre una nueva glorificación de la eficiencia del trabajo y las relaciones laborales se convierten en más tirantes, dominadas por el sencillo interés. La mitad del siglo XIX está descubriendo la importancia de la lucha de clases; el Manifiesto comunista es de 1848 y este cuento de 1853. Bajo diferentes enfoques la oposición entre ricos y pobres adquiría relevancia, con preponderancia hacia el drama sentimental, como se anota en Dickens, el maestro de los dramas sobre la pobreza[12].
El escrito de Melville se mueve hacia otra dirección —a modo de lamento y desconcierto, sin interesarse por la eficiencia o los resultados económicos—cuando enfila hacia donde la marginalidad irrumpe en una zona oscura y amenazadora por una caída en prisión y la muerte por inanición. El arte narrativo de este cuento escapa de la lógica social normal (zanahoria o mazo) para deslizarse por un sentido de la resistencia hasta el absurdo, porque todas las relaciones se disuelven en la obcecación del escribiente.
Una relación patronal no es la única de la trama de situaciones realistas que se enredan en este relato. Están presentes otras ligas derivadas del trabajo, por ejemplo los compañeros del empleo, ante los cuales se establece un muro de incomunicación, determinado por la situación de copistas y las obsesiones peculiares de cada personaje secundario. También se hacen presentes las relaciones entre las personales y el material de trabajo de las operaciones legales; asimismo queda el entrecruce con otras conexiones como la vinculación entre el arrendatario (narrador) y el dueño del edificio. Sumemos la ubicación de un inmueble comercial, con compartimentos contiguos y vista hacia la calle que será famosa: Wall Street, mucho antes de convertirse en el corazón de las finanzas internacionales.  La obra de literatura realista se elabora con la enorme dificultad de volver compatibles tantos elementos que sí acontecen en cualquier entorno. La ventaja de la existencia palpable y hasta cotidiana de tantos elementos, es una ventaja superficial, porque lo familiar no por ello resulta conocido, quizá sea al contrario[13]. Y el reto mayor es la armonización de tantos elementos reconocibles para que opere perfectamente el mecanismo literario; en ese sentido, un cuento con tonos realistas resulta más difícil de manufacturar que otro fantástico.  
  
Más sobre arquitecturas emotivas: entre el Despacho y la Cárcel
Un reto mayúsculo consiste en establecer la armonía entre el ambiente humano y el físico. Las obras apresuradas y a contrapelo no logran tal tinte armónico entre las personas y sus espacios; en cambio, la maestría de Melville lo faculta para pintar distintos matices. En este caso los principales ambientes son la oficina y la cárcel rodeados por un Nueva York comercial, aunque casi apacible si lo comparamos con las décadas posteriores. En el relato "oficina y cárcel" se complementan a la perfección alrededor de la desgracia del escribiente, pero no exclusivamente por ese motivo, también embonan con motivos de la monotonía, la habitación inhumana y la funcionalidad/disfuncional. Los trabajos de los asistentes del narrador resultan repetitivos al copiar cada legajo donde el escribiente se transforma en una máquina de repetición, evocación sobre una condición de obrero en la oficina[14], pero plasmada en su versión más futurista de cognitariado[15].  De modo simple nos muestra la enajenación del trabajo de la revolución industrial trasladado a las oficinas, aunque descrito como una operación que no es tan prolongada ni agobiante, pareciera un destino soportable para casi cualquiera. En la respuesta ante ese oficio monótono es que aparece la anomalía de Bartleby, quien simulaba la mejor adaptación a una labor repetitiva, pero termina desadaptado.  La oficina se define por ser un espacio para el trabajo y en eso es incompatible con lo habitacional. Este código de la arquitectura urbana lo rompe la excentricidad del escribiente, quien toma el sitio para habitarlo, sin permiso y con gesto de inocencia. El realismo se confronta con esa utilización anormal del espacio, incluso, el relato cesa de preguntar sobre la conversión entre el espacio de oficina y vivienda; cuando el narrador advierte la imposibilidad de que esa ocupación continúe, pero supone una viabilidad momentánea. Esa habitación anómala insertada en el espacio inadecuado abre las puertas —para un relato con fantasía—a cualquier cantidad de situaciones (improductivas, extrañas, violentas, indefinidas…) que no compaginan con los supuestos de una realidad cotidiana; así, mientras lo usual de cualquier oficina cierra muchas “posibilidades” de la acción humana, este relato las abre.
El personaje Bartleby irrumpe entre situaciones típicas de oficinas para gravitar y lastrar con su sola presencia. El pequeño conflicto va creciendo hasta convertirse en confrontación, que elude constantemente el narrador protagonista. En la lucha de voluntades opuestas surge la mera posibilidad de la violencia indicada por una anécdota sobre unos tales Adams y Colt que terminó en sangre; las amenazas de un subalterno y la presencia de la cárcel (espacio de la supuesta violencia legítima del Estado). El conflicto creciente empuja hacia un acto de violencia y en dirección de otro espacio —el sellado de la prisión— donde aparece el trasfondo último en la muerte. Los espacios fijos en oficina (de hecho dos distintas) y cárcel contrastan con el periodo de huida en un carruaje, donde el montarse en ese carro indica la pretensión de fuga con torpeza. 

La hipótesis de la enfermedad del espíritu: eje de su argumento… del carácter a la excentricidad hasta el absurdo.
En este relato debemos sentir ternura y compasión por el escribiente; sus actos inadaptados son explicados por una enfermedad del espíritu, pero trasluce un aire infantil que invita a la protección. Este personaje es confeccionado en un periodo anterior al uso de las enfermedades mentales para una explicación fácil. Sobre esa hipótesis del comportamiento del “pobre Bartleby” el relato resulta muy consistente, pero permite que el lector acompañe al narrador en su desconcierto constante frente a una simple negativa que se repite sin parar: “Preferiría no hacerlo”. Desde el punto de vista del sujeto inactivo, la inacción es una especie de aprisionamiento del ser; desde el punto externo de quien recibe continuas negativas surge una complementaria obsesión por tantos “no” bien demarcados, aunque suaves[16]. Esa reiterada oposición con la misma negación posee encanto literario cual repetición de un sonsonete musical. Para el lector tal rechazo termina por ser previsible y añade un toque cómico. Derrotado por una simple frase, el abogado patrón termina escapando de la responsabilidad ante su subalterno e instala una oficina distinta para huir. La noción de alguna maldad en tal resistencia del escribiente también queda descartada por las consecuencias que resultan para su excentricidad; el beneficio de una apropiación de una oficina y sabotaje laboral termina por rebasarse con el apresamiento.
La excentricidad del escribiente termina por arrinconarlo y destruirlo físicamente. ¿Esto implica un gesto humano de dignidad? El relato no resulta tan concluyente en este aspecto. Un gesto romántico por excelencia opta por la muerte antes que ceder ante sus enemigos. Nos preguntamos si la negativa del escribiente ¿es un gesto romántico? Descubrimos que la necedad obsesiva de Bartleby no permite una lectura tan diáfana, pues no está eligiendo su desafío e insiste en una simple: “Preferiría no hacerlo”. Si comparamos este argumento con el existencialismo nos encontramos con una variación pasiva de la elección, que paradójicamente es tan fuerte que arrastra entero al sujeto[17]. La decisión de negarse erige una muralla y también un pozo que atrapa al personaje hasta colocarlo en un vértice de absurdo. 

La escritura mecánica y drama del novelista se extiende a inquietud cósmica

Para el narrador que transmite pasión por el mundo, se mantiene una relación intensa con la escritura, por eso un subtema interesante de este cuento, que atañe más al escritor profesional que a cualquier otro: hay dos formas para vaciar lo escrito de contenido humano. Si nos remontamos hacia la historia antigua descubrimos que la edificación de los Estados (Mesopotamia, Egipto, Creta, Atenas…) exige la capacidad de registrar. La figura del escriba funcionario del Faraón acompaña al levantamiento de las dinastías, pues las anotaciones también son actos de poder y legalidad (en el sentido más primitivo de estos términos). El cuento de Melville se desarrolla en una modesta oficina dedicada a las gestiones legales, donde los asistentes se enfocan a copiar, reduciendo la escritura a su mínima expresión mecánica. Esas copias idénticas vacían de creatividad a quien lo hace para convertirlo en especie de máquina reproductora —en una imprenta encarnada— que debería de funcionar bajo el código de la normalidad, pero no siempre es así. Para el creador literario esa conversión de la persona en mero copista provoca una molestia evidente y el señalamiento irónico contra las maneras como se vacían las palabras.
El tema del copista armoniza de modo perfecto —diríase magistral— con el de la “oficina de las cartas muertas”. El siglo XIX fue la centuria de auge para el correo, cuando la institucionalización de envíos postales permitió la comunicación a distancia y las “cartas personales” se volvieron un potente modo de expresión al alcance de cualquier alfabetizado. La noción de una carta personal se ha disuelto en la época de las telecomunicaciones, donde otras tecnologías remplazan con un servicio similar; pero en ese periodo, tales cartas representaban el único vínculo privilegiado para saltar distancias y unir las emociones más delicadas. En algunos casos, las cartas son el medio más emotivo imaginable en la mitad del siglo XIX, pues la reflexión íntima de quien escribe y el afecto de quien lee eran inigualables[18]. De ahí la emotividad frustrada de la “oficina de las cartas muertas” donde se constata el fracaso de los mensajes y la conversión de esas cápsulas de existencia en basura para incinerarse. La pérdida de las palabras en esas “cartas muertas” es la hipótesis para la parálisis de Bartleby, por un efecto devastador de ese extravío en los fragmentos de la existencia ajena. Ante esa posibilidad de que los mensajes nunca encuentren un destino, el cuentista desata su extremo sensible.
Uniendo ambos eslabones (la copia mecánica con la destrucción de cartas personales) se redondea la protesta: de un lado, el Estado-productividad, y, del otro, el Destino impersonal se conjugan para introducir la tragedia, especie de irracionalidad extrema que acosa al personaje Bartleby. Cuando un individuo queda contaminado por esa irracionalidad el universo entero cobra un carácter ominoso, el relato posee un tono sombrío y hasta terrible. El espíritu del escribiente virginal por dentro se comporta impermeable e inactivo por fuera, con un resultado que nos inquieta: él termina en la cárcel, pero ¿el universo entero no se convierte en cárcel cósmica según el pesimismo de los agnósticos?

Problema del género literario, cuento  paralelo a Kafka
Este texto comparte honda afinidad con Kafka y su estilo de los antihéroes trágicos, acosados y en proceso de auto-aniquilación. En particular, definir el género literario de Kafka ha resultado difícil de definir, incluso la incomprensión extrema de una mente brillante como la de Lukács al embotellarlo dentro de una vanguardia enajenada ha provocado fuerte extrañeza[19]. Incluso existe una interesante propuesta en Deleuze para reinterpretar Kafka bajo el concepto de la “literatura menor”[20]. La extraña afinidad de este cuento preciso de Melville con la entera obra de Kafka ha llamado la atención de Borges; más curioso es que el resto de la escritura melvilliana no posea tales afinidades. En ese sentido, lo escrito en 1853 resulta demasiado moderno y debe esperar más de medio siglo para aparearse con otra literatura que lo reinterpreta y comparte la dificultad para definirla. No pertenece al realismo literario por cuanto su desliz de exageración (su hipérbole completa) rompe con el molde de lo estrictamente creíble (Bartleby no posee suficiente instinto de conservación, tampoco el narrador literario es práctico). Cabría emparentarla con la novela psicológica, antes de inventarse la psicología en sentido estricto, pero la inquietud que provoca escapa a las reacciones mentales descritas. Siendo un relato ominoso no cae en el terror, pues la misma indiferencia ante la desgracia del protagonista lo excluye del resorte del miedo. Poseyendo rasgos de comicidad el cuento se aleja diametralmente, aunque cabría algo de tragicomedia. De modo explícito transcurre en las antípodas de la novela de aventuras. Descartando sucesivamente los géneros, nos queda emparentar este cuento con ese otro rayo en mitad del cielo claro manuscrito por Kafka. Esa singularidad es desafiante, por más que también emparente con otros fenómenos de la gran literatura; sin embargo, la clasificación desfallece[21].
La soledad extrema del personaje, por entero desgarrado de orígenes y destino marca otra similitud profunda con Kafka y el problema de su literatura. El análisis literario desde la distancia debe encontrar en esto un mérito que lo vincula con la universalidad del individuo desgarrado del entorno. Frustrado por encontrar una definición sobre el género al que pertenece este cuento seguiría clasificando, pero —contagiado por el entorno Bartleby— por mi parte “Preferiría no hacerlo”.

La fórmula clave es espejo de obsidiana y virginidad
La frase “I would prefer not to” ha sido analizada en varios sentidos. Aparece repetidamente en el relato, donde se convierte en nudo de la trama y signo del protagonista: “La fórmula aparece en diez momentos principales, en cada uno de los cuales lo hace reiteradamente, repetida o con variaciones”[22] No es una frase muy usual pues en inglés predomina el “ratter” y no el “prefer”; al terminar en “to” queda inacabada la frase, porque después debería aparecer el complemento directo, que la mayoría de veces está ausente. Profiere una negación pero sin definirse, no alcanza a pronunciar un sí o no definitivo que busca sustraerle el abogado patrón; sino que se refuerza en su indefinición cuando tampoco prefiere algo distinto a lo que se solicitó. La fuerza negadora del “I would prefer not to” invita a suponer una irrupción de una lengua originaria bajo el inglés, especie de invasión del idioma de los psicóticos para expresar algo universal o bien una lengua de ángeles que remite a una humanidad sin pecado[23]. Luego de esa irrupción de fuerza originaria, el demás lenguaje termina mudo y alrededor de tanta negación (la frase opera cual “bomba” que destruye y paraliza el campo de batalla), entonces al personaje lo rodea el silencio y la inacción.
Para el mismo relato, el verbo “prefer” es la joya de la corona, pues su influjo hace notoria la frase y contamina a los personajes que comienzan a utilizarlo sin darse cabal cuenta[24]. Claro que no funciona en solitario, se engarza de modo preciso y despliega su magia en compañía de la frase entera, cuando es colocada en los labios precisos del protagonista para desatar la parálisis definida. En ese sentido, desata un conjuro de la inacción que termina por ser ineficaz ante la maquinaria social, únicamente otorga logros parciales.
La potencia negadora del “I would prefer not to” acontece en el cuento, ahí es eficaz, mas no aceptamos sea una fórmula mágica para las personas reales. Dentro de ese ambiente ficticio, su efecto crece y se levanta colosal a la manera de muro infranqueable y ofrece un servicio narrativo idéntico a la elusiva ballena gigante convertida en la muralla inalcanzable[25]: es un espejo de obsidiana que nada refleja y representa el dispositivo de la virginidad separando un centro sagrado. Esa operación permite al lector atento generar el reflejo psíquico para atribuirle cualquier característica, convirtiéndose en el factótum, la piedra clave, el sancta sanctórum, la semilla del Génesis… cualquier atributo es permitido pues nada en el relato traspasa ese umbral. Por tanto, no queda más opción que repetir esa frontera invisible y detenernos, en este final, ante el embrujo del “I would prefer not to”.

NOTAS:

[1] Véase el Prólogo de Jorge Luis Borges a su traducción de este cuento.
[2] El término wu-wei indica el ideal de acción por la inacción, modelo de la sabiduría obrando a distancia y reduciendo el empuje de la voluntad, según el Tao Te King y otros textos de filosofía taoísta.
[3] Para Vila-Matas es la cofradía de escritores quienes han dejado de escribir, el motivo de fondo que da título a su interpretación de Bartleby y compañía.
[4] Lo hace alegremente Miguel Ángel Díaz Monges en Bartleby y la risa de Melville, en revista digital Algariabia.com
[5] DELEUZE, Gilles, Bartleby o la fórmula.
[6] MELVILLE, Herman, Bartleby el escribiente.
[7] MELVILLE, Herman, Bartleby el escribiente.
[8] Con justicia el más célebre esfuerzo por interpretar “I would prefer not to” corresponde a Gilles Deleuze en Bartleby o la fórmula bajo el sello de Editorial Pretextos, acompañando al cuento.
[9] MELVILLE, Herman, Bartleby el escribiente. Referencia muy probablemente bíblica al Libro de Job, donde se indica que la muerte es un sueño donde se yace junto con reyes y consejeros.
[10] MELVILLE, Herman, Bartleby el escribiente.
[11] SERGE, Víctor, Literatura y revolución.
[12] Con justicia Borges estima que Bartleby transita desde el ambiente de Dickens hacia el de Kafka.
[13] HEGEL, G.W.F., Fenomenología del Espíritu.
[14] MESZAROS, Iztván, Teoría de la enajenación en Marx.
[15] El cognitario implica una acumulación de saber (actúa, en este caso, sobre textos de ley) pero su descalificación y sometimiento al poder del dinero. Cf. VALDÉS MARTÍN, Carlos, Ensayos sobre el sujeto social: cognitariado y otras herejías.
[16] La neurosis es la enfermedad de la acción, el padecimiento conduce al callejón sin salida de la inactividad o sus suplentes de fantasía. FROMM, Erich, El miedo a la libertad.
[17] SARTRE, Jean Paul, El ser y la nada. Bajo esa óptica, esta elección posee su mala fe, para no descubrirse, permaneciendo cual simple imposibilidad.
[18] Por ejemplo, el intercambio epistolar entre Vincent Van Gogh y su hermano Theodorus, en Cartas a Theo. George Steiner, Sobre la dificultad y otros ensayos.
[19] LUKACKS, George, Significación actual del realismo crítico.
[20] DELEUZE y GUATTARI, Kafka por una literatura menor. El concepto de literatura menor es complicado, unión de tres elementos: desterritorialización de la lengua, articulación en lo inmediato-político y el dispositivo colectivo de enunciación. Elementos que para explicarse requerirían otro libro completo.
[21] Según el Prólogo de Foucault en Las palabras y las cosas, haciendo homenaje al Borges con su jocosa observación sobre la zoología fantástica: clasificar es un gesto tan esencial, complejo y proclive a causarnos extrañeza.
[22] DELEUZE, Gilles, Bartleby o la fórmula.
[23] DELEUZE, Gilles, Bartleby o la fórmula.
[24] Indica el abogado narrador: “No sé cómo, últimamente, yo había contraído la costumbre de usar la palabra preferir. Temblé pensando que mi relación con el amanuense ya hubiera afectado seriamente mi estado mental.” MELVILLE, Herman, Bartleby el escribiente.
[25] DELEUZE, Gilles, Bartleby o la fórmula, explica bien esta función de límite en la frase y sus muchos atributos, pero no es tan enfático sobre la consecuencia: sobre ella el lector e intérprete deben reflejarse, depositando sus propios contenidos.

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